Cuando tenía ocho años mi hija Meg ya mostraba su don innato para desafiar con maestría la lógica materna. Estaba convencida de que la suya era más coherente, más contundente. Recuerdo el día que después de un almuerzo familiar la "invité cordialmente" a que me ayudara a fregar algunos peroles. Como el lavaplatos automático ya estaba lleno, Meg se dedicó manualmente a dejar reluciente dos ollas sin tocar los mangos. Yo, que la observaba desde hacía rato, le hice notar que los mangos también se debían lavar con jabón. "¿Por qué? No había comida ahí", me replicó. "Pero igual están sucios, la gente agarra por allí y deja sus gérmenes", contesté haciendo un esfuerzo para no reír. Meg calló, fregó los mangos sin rechistar y salió de la cocina. No se me ocurrió en ningún momento que aquel episodio iba a quedar grabado en su aguda memoria. Meses después, en una cena con invitados y antes de servir, Meg se presentó ofreciéndoles a todos el desinfectante de manos que su papá llevaba fabricando desde hace cierto tiempo. Al ver nuestra expresión interrogante, ella explicó sin titubeos: “This way you guys don't leave your germs on the pot handles so, I won't have to wash ‘em out” (De esta forma ustedes no dejan sus gérmenes en los mangos de las ollas, por lo tanto yo no tendré que lavarlos) La risa se nos ahogó en la garganta al captar en toda su magnitud la seriedad en su rostro y la contundencia de su lógica. No se me olvidará jamás su mirada desafiante , esperando que yo rebatiera su razonamiento. Esperaba en vano: su sagacidad me había dejado muda.
Adivino entonces quién inventó la famosa frase de "Because I said so" o "Porque yo lo digo". Seguramente un padre que se quedó sin palabras ante el ingenio de su retoño y recurrió a lo único que tenía a mano: su autoridad. A veces , y sólo a veces, le agradecemos infinitamente a este progenitor el maravilloso invento. Porque como él, en ocasiones también nos quedamos sin argumentos.
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