sábado, junio 14, 2008

En aprietos...


Es omnipresente.

Está en todas partes. Una voltea la cabeza y zás! Allí está. Haciendo algo. Por X o por Y requiriendo mi ayuda para cualquier vaina. Asomándose. Preguntando. Pero ojo, que este fenómeno ocurre solamente cuando esta gafa está maquinando una fiesta sorpresa para él. O esperando el momento propicio para envolver ese regalote que le compró en Dick’s. O tratando de pasar los globos desde la camioneta hasta el cuarto de Meg. O hablando con Grandma acerca de lo que ella va a traer para la rumbita. Y coño, me pregunto amargamente por qué no lo invitan los amigotes o le da la fiebre de pasarse media tarde encerrado en su estudio surfeando en la red cuando yo ando en estos menesteres. No. Siempre tiene que ponerme a trazar las más complicadas estrategias para organizarle una vaina a última hora sin que se dé cuenta .

A veces echo mano de terceros. Al amigo, a quien luego de llevarse a mi esposo por ahí a tomarse unas birritas siempre lo llama la “novia” para decirle que el marido se fué de viaje. Entonces el gringo no tiene de otra que regresar...a casa. A tiempo, claro está, para escuchar el estrépito de la puerta del horno al ser tan salvajemente cerrada. “Perdón, se me fué la mano”, le explico forzando una sonrisa y deseando que la camisa de seda que lancé dentro de aquella cosa no salga hedionda a lasaña de berenjenas.

Otras veces recurro a la vecina. “Dale chica, échale agua a ese fregadero por debajo y llámalo por teléfono", le suplico. Y ella, tan bella, lo hace. Y él va. Más bello él. Pero el hombre es más veloz que el rayo descubriendo que no se le rompió ninguna tubería a la vecina y aconsejándole que no bote tanto el agua que esa vaina no es para siempre. Y no importa que ella, mortificada, le ofrezca un café macchiato con galletitas de almendra y chocolate de Godiva: él siempre tiene algo qué hacer en la casa. Claro que tiene qué hacer. Ponerme a correr como loca desde el garage al cuarto de Meg cargando con una caja del demonio que es más pesada que borracho en velorio y rezándole a San Onofre para que no me haya capturado infraganti. No sin antes, mentar las cien madres de no sé quienes por haberme llevado por delante a la perra en aquella estampida demencial. Cuando recupero el aliento y sin haber sido descubierta lo observo minuciosa y con disimulo para ver si es que él sabe la vaina y se hace sádicamente el gafo para ponerme en aprietos. Pero no. Él sigue siendo el angelote de siempre, mirándome con aquella cara de qué-te-dió-que-estás-tan-agitada. Y yo siento que en realidad, ni idea tiene de lo qué acontece. Es pura mala leche, como dice sagazmente mi hermanito desde los confines del hilo telefónico.

Como ya se me agotaron las ideas para sacarlo de la casa y no tengo las fuerzas para subirme al techo a 40 kph. para esconder el regalo del Día del Padre , decidí ayer mismo no disimular nada más. Pero, oh Providencia! Para mi sorpresa, hoy se fué tempranito el hombre a jugar al golf con uno de los amigotes y ya no regresa sino hasta la noche-noche. Paz absoluta, relax total y asamblea con asistencia multitudinaria en medio de mi living room para afinar los últimos detalles del ágape del día de mañana.

Idos todos, le pregunto a Meg la supercómplice por el regalo de su padre. “Hora de ponerle los globos”, exclamo cantarina, bailando unos pasitos de hip hop. Ella me sigue el ritmo para de repente quedar paralizada, boquiabierta y horrorizada. No hizo falta nada más para caer en la cuenta de que el regalo no estaba en el lavaplatos: reposaba feliz desde la noche anterior en el asiento delantero de mi camioneta, la cual le cedí distraídamente al gringo cuando insistió en llevársela de farra.


FELIZ DÍA DEL PADRE A TODOS

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