
El otro día estaba viendo el final del Biggest Loser. You know, el programa ése donde ponen a un montón de gordos a perder aquella kilamentazón. Coño, la verdad es que los ponen a trabajar duro. Y cuando uno los ve ahí en la pantalla, flaquitos, con aquellas caritas chupadas y las carnitas colgando hasta uno que no es familia se emociona. Provoca caerles a besos, you know? Hasta el momento en que todos los finalistas se la dan de próceres de la patria y te lanzan una retahila de consejos inútiles. Que si yo pude, cualquiera puede. Que sí se puede lograr. Que la voluntad mueve montañas. Entonces me encabrono y apago esa vaina. Sí, cómo no. Sigan creyendo que me van a hacer sentir culpable. Como si estuviéramos en igualdad de condiciones. Suerte que tuvieron. Suerte que no tengo ni tendré yo en mil años. Fíjate, ¿quién me va a dar los 250.000 dólares de premio si pierdo mis 80 libras de sobrepeso? Ah, coño. Eso es tremendo incentivo, you know? Así cualquiera. Pero no. En mi vida real me tendría que contentar con los 50 dólares que mi marido me daría para comprarme par de jeans y dos franelitas en Wal-Mart. Y ni hablar de los entrenadores que se gastan los concursantes. Con la Jillian y el Bob cualquiera le echa ganas. Esos dos que son bellísimos, casi actores de cine. Respirándole cerquita a cada participante. Moviendo pisos, prendiendo fuegos. Do it, do it. Wow, qué cuchituras. Aupando a todos esos gordos con aquel sabor. Nada que ver con las porritas que me lanzaba la vecina avinagrada cuando me iba a correr por la cuadra. Ya quisiera yo tener al Bob ahí agarrándome la cintura en la caminadora. “You got it, you got it”, mientras me sonríe con aquellos dientes blanquitos. Podría dormir ahí y ponerme en piloto automático y caminar toda la noche, you know? Dejar de comer al día siguiente, presa de mil fantasías eróticas. Pero dime tú si verle la barrigota cervecera a mi marido todos los días me va a despertar el deseo de irme trotando hasta el supermarket. Y la casa, vale. El gym que se gastan. ¿Tú has visto cuánta comodidad para perder peso? Eso es un hotel cinco estrellas. Ni en cien años puedo yo ir a un gimnasio así. Superb. Todo personalizado, glamoroso, antiséptico. No, chica. No hay comparación, you know? No me digan que si ellos pueden, yo puedo. A mí me sale irme al Curves del mall de la esquina y trabajar parejo entre los pedos y los sudores de todas aquellas vacas sexagenarias. Cuesta un mundo volver al día siguiente, créeme. Pero lo peor del show ése es la comida, you know: selectos chefs le acomodan el menú a los concursantes, los mejores ingredientes, el mejor ambiente. Nada que ver con las maromas que tengo que hacer por las noches para prepararme una ensalada de atún y tomate para mi lunch del día siguiente. Y encima, cocinarle al marido su carne con papas. Y adivina qué pasa cuando te cansas de preparar dos comidas. Bingo. Terminas comiéndote la carne con papas, you know?
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