A mis trece años quería saberlo todo. Y muchas veces lo averiguaba. Era curiosa, astuta, precoz. Pero con un sentido común a toda prueba. Una madurez que mamá no lograba (o no quería) ver. Por ello no confiaba en mí y tuve que hacer un millón de cosas a escondidas. Entre ellas, tener novio. El tercero de la fila (la fila de amores cándidos y efímeros de la preadolescencia). El que me llevaba de cabeza pero al que no le cedía ni un centímetro más de lo que permitían el "decoro y las buenas costumbres". Y cuando lo mandé a paseo por sus mentirillas hubiera dado cualquier cosa por poder descansar la cabeza en el regazo de mamá y tener su consuelo. Pero, como muchas otras cosas, me tuve que tragar el despecho con dos buches de frescolita.
Meg (mi beba de trece) tiene “novio”. El mismo niño de este cuento. Tanta longevidad en el asunto me pone los pelos de punta. El atacado Daddy desearía deshojar la novelita rosa -y a él- y echarlos a la papelera, pero yo me opongo. Sé que si se lo prohibimos, igual lo va a tener. Pero a escondidas. Porque esta niña es tan voluntariosa como yo a su edad. Y yo no quiero ser como mamá. No sabiendo. Yo quiero saber y estar siempre allí y ser toda oídos para ella. Para escucharla, apoyarla, aconsejarla, consolarla. Siempre......
Entonces, aceptados los hechos viene los deals. Negociaciones. Reglas. Normas. Leyes. Llámese como se llamen. Entre ellas se establece que los encuentros entre los tórtolos no serán a diario (hay que estudiar), serán en el mismo vecindario y jamás de los jamases sin un adulto presente. Y ella lo acepta dichosa porque , como dije, tengo a Daddy amansadito. Pero como siempre, los padres del chico se hacen los luises porque “vamos, es un chico”. Y le toca a los padres de la “novia” estar atentos. Qué digo los padres. La madre más bien, porque Daddy escurre el bulto y me mira con cara de esa-vaina-fué-idea-tuya. Bueno, yo sé que a la larga él también va a echarnos una manito. Porque le importa.
Mientras tanto, y como si ya no tuviera un montononón de cosas que hacer, aquí ando chaperoneando. Mientras los niños ven TV yo les doy unas vueltas. Mientras se reúnen en la esquina yo me siento en el jardín. Dizque jugando con Sophie, mi perrita. Y las otras madres se preguntan si será que me pueden contratar para chaperona de sus hijas porque con las tardes de té con las amigas no tienen tiempo para esa tontería. Provoca comercializar el asunto y cobrarles bien caro, por indolentes y sifrinas.
Pero como no siempre puedo, acudo al 911 cuando tengo una emergencia. Y mi suegra llega solícita a casa con su revista People bajo el brazo, dispuesta a hacerme la segunda. Entonces hablamos un ratito y nos reímos juntas , tal vez imaginando aquellos tiempos en que hacíamos travesuras. A escondidas. A falta de una mamá que en vez de prohibir, escuchara. Y comprendiera.
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