
-Murió Stéfano.
Mi lacrimosa hermana me había soltado esta perla mientras se recostaba de la puerta de mi cuarto. Yo me había quedado mirándola sin decir nada, buscando entre mis recuerdos alguien con ese nombre. Ella mordió en el acto que yo no sabía de quién hablaba.
- ¡Stéfano Casiraghi! - me había gritado- ¿Eres gafa?
Y dicho esto me había lanzado el último –para entonces- ejemplar de ¡Hola! . Las páginas que hablaban del hecho estaban húmedas por sus lágrimas. Casi como para hacerme solidaria con su dolor, me había devorado la noticia completa en tiempo récord.
Corría el año 1990 y aquella fué la primera vez que tuve contacto directo y cercanísimo con dicha publicación. Desde tiempos inmemoriales la había visto rodar por ahí, en el baño junto a la poceta, entre las cosas de mis hermanas, en el living. Pero jamás la había leído. Ni por curiosidad. Ya por el tamañote se me hacía fastidiosa. Y siempre salía alguien de la realeza en la portada. O un personaje polémico de España. Que si las pantaletas nuevas que se había comprado Carolina. Que si el nuevo novio de la nieta de Franco. Puagh. Figuras públicas que para mí eran pesadas y aburridísimas. Pero para mi hermana eran altísimos panas.
Ella se gastaba el sueldo en la revista. La sala de espera de su consultorio estaba repleta de viejos números. Así como su casa y su automóvil. Se sabía de memoria los nombres y las vidas de cada sangre azul. Líneas sucesorales. Reyes sin trono. Principes errantes. También le eran familiares los plebeyos pero famosos. Estaba enterada de quienes estaban en la ruina y quienes en la opulencia. Disfrutaba las escapadas de algunos a Marbella, Saint-Tropez o alguna isla del Caribe. Lo que hacían, lo que vestían.
- Me encanta el nuevo look de Isabel.
Yo, creyendo que hablaba de la vecina, había recibido una de sus características descargas.
- La ex de Julio. Coño, andas en la luna.
Porque además los llamaba así, sin apellidos. Como si cada uno de ellos fuera un amigo del alma. Yo no podía evitar una risita sarcástica. Para vengarse de mi fatuo desprecio me había obligado en más de una ocasión a esperarla en aquella salita de su consultorio, sabiendo que no me quedaba más remedio que matar el tiempo hojeando aquel adefesio impreso. Si no hubiera sido por los lazos de sangre y su buena mano hubiera cambiado de odontólogo para no sufrir más aquella tortura mediática.
Fué por ello que en mi reciente convalescencia casi me morí cuando mi esposo se apareció con su “sorpresa”.
- Guess what? I found a magazine in spanish !
Y me entregó aquel ejemplar colorido de formato harto conocido. Tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para no pegársela por la cabeza (“Al inocente lo protege Dios”, decía mi abuela) Le sonreí estoicamente agradeciéndole el gesto , porque ya de por sí era una hazaña haber encontrado algo en español. Disimuladamente la escondí bajo el colchón y me olvidé de ella hasta ayer, que me vino como anillo al dedo para empapelar la caja de los perritos. Pero como el diablo tienta, no pude evitar echarle una ojeada antes de deshojarla. Segundos después, el asombro me hizo lanzar una débil exclamación.
- Coño, si ya Luismi tiene un chamo y todo!
Mi perra Sophie me miró curiosa, preguntándose si el tal Luismi era parte de su familia humana que aún no tenía el gusto de conocer. Casi le espeté el curriculum completo del personaje cuando tuve la sensación de que, como decía Úrsula, "el tiempo no pasaba sino que daba vueltas en redondo".
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