Por él.
Porque siempre fué noble. Desde chiquito. Aún cuando en la infancia lo maltrataba, se pegaba de mí meloso. Cariñoso. Se fajaba a corear mis canciones estúpidas. A alcahuetear mis loqueras. A hacerse el muerto, cuando lo hería sin piedad. A hacerse el mudo, para no caer en el juego de los idiotas que creen que las palabras se las lleva el viento y no hieren ni dejan huellas. Y no, no era un pendejo. Es que era (y es) noble. Hermoso. Solidario. Y sobretodo, inteligente. Sabía desde que andaba en pañales que yo necesitaría mucha ayuda (la suya) para ser lo que él siempre fué desde que nació: gente. Y me enseñó y yo aprendí sin más remedio creyendo que me la comía, cuando en verdad tuve que rendirme ante la evidencia de que no le llegaba ni a los zapatos. Por él supe lo que era el perdón y por él supe valorar aún más el amor a la familia. Aún hoy, no sabe que él fué aquella cuerda de la cual me aferré para no seguir cayendo. No le he dicho que en mis peores momentos la llamada que esperaba era siempre la suya. Seguro se reíria, pero se guardaría también una lagrimita bajo llave. Porque él es así. Puro corazón. Aunque se las dé de escandalosamente mundano y desarraigado.
Algunos necesitamos perdernos para encontrarnos. Unos se quedan en la espesura boscosa y negra y no salen jamás. Otros vivimos una peligrosa travesía donde tenemos la dicha de tropezarnos con un claro de manos extendidas. Yo tuve el buen tino de escoger las adecuadas. Y las de él, siempre estuvieron en primera fila. Expectantes. Amorosas. Fuertes. Y sobretodo, sordas a las voces del pasado.
Siempre hemos sido cómplices en las buenas y en las malas y siempre lo seremos. Él siempre será el primero en saber mis secretos, yo siempré seré la primera (y tal vez la única) en escucharlo llorar. Los quiero a todos en grande, pero él es y será siempre el hermano favorito.
Hoy está aquí conmigo y ando inmensamente feliz.
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