En una barbecue familiar para despedir el verano , la prima le pregunta a Lizzie por el amigo que la acompaña. Ella le dice que es un casi-novio, aún no se decide a darle el sí. La prima – para quien todo lo que no se parece a Johnny Depp es escoria- se ríe bajito y le comenta que el chico es feo. “Think about it”, le susurra la chica, “You deserve better”. Lizzie me mira, recordando una conversación madre –hija que tuvimos ya hace un tiempo. Yo le devuelvo en cambio una sonrisa que le indica que el chico tiene mi aprobación, aunque no se parezca en nada a DiCaprio.
Ya se está dando cuenta que los muy bonitos son, la mayoría de las veces, cabezas huecas. Bravo por ella, porque yo lo supe bien tarde. Los “comunes y corrientes” muchas veces sorprenden con sus talentos. Recuerdo a Elliott Yamin -antes de toda su fama- hacerle ojitos a Lizzie cuando íbamos a la farmacia donde el chico trabajaba. Ella ni caso le hizo y probablemente ahora, que Lizzie se corta las venas por sus canciones, Yamin ni siquiera la reconocería.
Así vamos por la vida, pendientes de la primera impresión. Sin darnos cuenta que detrás de cualquier sapo puede haber un príncipe. Un ser humano lleno de talento, espíritu y carisma que nos conmueva hasta los huesos, pero por fijarnos en el aspecto dejamos pasar de largo. Si no, pregúntenle a Simon Cowell a quien todavía le cuesta cerrar la boca ante la estupefacción que le produjo este gordito poco agraciado y con dientes torcidos. Un chorro de voz celestial que le dejó al odioso inglés atragantados los insultos que seguramente tenía guardados para el humilde concursante.
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