lunes, julio 16, 2007

La Carta -que te debía-


Querido Diario:

Tengo toda la vida tratando de decirte esto. Pensando en cómo hacerle para que no sonara a disculpa barata, a excusa de quinta. Pero se me agotó la paciencia y allí voy, esperando que al menos comprendas el porqué de mi abyecta indiferencia todos estos años.....

Quise escribirte, lo juro. Llenar tus vacías e invitadoras páginas. A mis ocho años apenas llevaba seis escritas cuando mi hermano mayor te encontró. Agazapado entre mis almohadas. El repugnante ser se metió de cabeza en mis secretos y los paseó por todo el vecindario, haciendo mofa de mi preciada joya. Fué devastador. La vergüenza de verme al desnudo ante un puñado de trogloditas sin sensibilidad alguna. Entonces no escribí más. Ese cuaderno rosa que me regaló mamá para sustituir al “mancillado” lo quemé de pura frustración. Me negué en redondo a darle letra a las vivencias hasta el sol de un día del 2005 que empecé una vaina que llaman blog.

Ya sé: por qué el blog y no tú. Lo pensé, créeme. Seguía suspirando por esos cuadernillos con cubiertas multicolores con aquella palabrita “Diario” plasmada en dorados caracteres. En ocasiones, como las actuales, es un lacónico “Journal” que adorna la ecléctica portada. Palabra que más suena a periódico que a receptáculo de intimidades. Sin embargo, me lancé a la aventura y te compré. En una tiendita de ésas de cuento de hadas donde el “Journal” era el rey entre sus no menos agraciados súbditos. Y contigo bajo el brazo, llegué a casa y casi me aboqué a llenarte frenéticamente de alegrías y desazones, vocales y consonantes, metáforas e hipérboles. Casi. Se me quedó la pluma en el aire cuando mi pequeña Meg nos vió y aplaudió toda jubilosa , arrebatándome el regalo que creía de ella. Porque, aquí entre tú y yo, ¿Quién iba a creerse que el primoroso paquete con florecitas sicodélicas era para una cuarentona que ya ni una pluma decente tiene?

Entonces ya sabes porque renuncio a tí. Definitivamente. Un comando interminable de amigas te reemplazaron en su momento como receptor de mis llorantinas y risotadas. Y hoy, la tecnología irreverente y arrolladora te llevó por los cachos: yo me quedo con esta vaina que llaman blog.

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