(Imagen tomada de www.austindavid.com) Papá era quien prendía la fiesta. Sobándose el bigotito y relamiéndose de puro gusto. Como un carajito. Era él quien montaba el arbolito. Quien envolvía los regalos (a escondidas, creía él) . Quien compraba la gaita de moda. Quien pintaba la casa. Y además, horneaba un pernil que le quedaba de muerte. Papá era la navidad. El Melchor de la fiesta de la cuadra (cuando aún el gordo de rojo respetaba aquellas monarquías). El del pan de jamón bajo el brazo. El del Niño Jesús. Hasta que se fué . Sin aviso y sin protesto. Dejándome una fecha rota. Un hueco en el calendario. Una angustia agazapada en el alma. Y la injusta sensación de que los demás estaban de sobra.
Entonces se volvió costumbre eso de pasarla en la playa hasta las tantas. Cantarle feliz navidad a las olas. A la incertidumbre. Abrir botellas. Brindar con los "amigos". Una bola de perdidos deambulando por un patético escenario . Brindábamos por lo efímero. Por el descompromiso. Por la ceguera. Por el desamor. Hasta que una nochebuena de un año X , un viejo X de una casa X en una playa X salió con su telescopio hasta la orilla de aquel mar tenebroso y cómplice. Le ví tiritar de frío y corrí a ofrecerle un ron. El me agradeció el gesto dejándome ver a través de su mágico lente. Entonces lo ví. Sentado en el piquito de aquella luna menguante papá me miraba triste. Con unos pantalones raídos y el bigotito gris. Cerré trabajosamente el grifo que empezaba a abrirse en mis paraparas* y tembló la tierra de mis adentros. Y en cámara lenta pasaron por mi mente las imágenes borradas por la testarudez de un recuerdo que no me pertenecía sólo a mí. Ví a mamá amorosa aprobando la sal del guiso. A la abuela dirigiendo la plétora de muchachitas en la cocina. A mi hermana L peleando con el pabilo. A mi hermana S y sus uñas hastiadas de tanta lima. A mi hermanos A y E tomándose a escondidas el vino de cocina. A la vecina del 8 besándose con el novio. A Paulita la solterona pidiéndole al pesebre. A mi amigo JV fumándose un porro. Entonces lloré. A sorbos y sin verguenza. Por la soledad de aquel viejo del telescopio, por los perdidos , por mí. Por todos los años que usé a papá como bandera para navegar lejos de aquellos amores que nunca me hicieron reclamo alguno. Y volví a casa.
Hoy ya no hay demonios. Quedaron en aquella playa. Una nochebuena de un año X. Hoy brindo otra vez por aquel momento inenarrable. Por el viejo . Por los amigos que no fueron. Por papá. Por mi familia . Y por todos aquellos que se dan a sí mismos una segunda oportunidad. Y una tercera. Y miles, siempre. Que se despojan de los auriculares y al fin escuchan los susurros de sus propios corazones.
Feliz Navidad a todos.
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* paraparas: Ven. Semillas del árbol del paraparo. Pepas negrísimas, duras y livianas. Así llamaba papá a mis ojos.
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