
Yo soy a la antigua: es enviar y/o recibir una tarjeta real -de cartulina y hueso- lo que verdaderamente me conmueve siempre en Navidad. Ver todas las tarjetas que recibo desparramadas por los rincones de mi casa me llena de una exquisita sensación de compañía. Cada una es un amigo querido que a diario me da los buenos días desde el rinconcito de x paisaje invernal. O desde los confines de un pesebre. O desde una manga del abrigo rojo del inefable gordo. Un saludo que contrarresta siempre la perra nostalgia.
Desde hoy me estoy tomando el satisfactorio "trabajo" de escribir a mano y enviar mis tarjetitas navideñas. Serán muchas, como siempre. Se anexarán a la pila nuevos destinatarios , así como también se borrarán otros . Gente que , sin aviso y sin protesto, se perdió de mi mapa. Aquellas que viajarán a mi terruño, deberán ser despachadas esta semana. Algunas llegarán, con suerte, antes del 24. Otras más tarde. Y unas cuantas se perderán absurdamente en los vericuetos de un sistema postal malísimamente organizado. Lástima. Que las disfrute entonces quienquiera. Preferible eso antes de que se ahoguen entre el moho de la desidia. Aquellas mas afortunadas que viajarán a otros países sin el cáncer de un instituto postal más feo que pegarle a la abuela esperarán ansiosas ocupar un lugarcito especial en el hogar de quienes las reciban.
Como no tengo todas las direcciones de mis cuatro gatos que siempre se toman el trabajo de pasar por esta humilde casa y dejar su huella -sí, ustedes saben quienes son-. les pido que me las manden a mi correo electrónico. Lamentablemente mi comprometido tiempo no me da chance para un trabajo detectivesco más exhaustivo yendo blog por blog con el fin de averiguarlas . A menos, claro, que sigan prefiriendo mantener una férrea privacidad. O no les gusten las tarjetas. Vale. Vale todo y lo entiendo perfectamente.
A escribir entonces.
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