Antes, me aseguraré de zamparme – so pena de ganarme un regaño gástrico- una taza del café más cargado que exista. Un superespresso. Lo suficientemente heavy para mantenerme alerta. Despabilada. Con la lengua suelta. Muy suelta. Y hacerme inolvidable. “Inolvidable?”, pregunta alguien. Sí. Imperecedera en el recuerdo.
Desde mi más tierna infancia, no hay cosa más efectiva para hundirme en los vapores de la semiinconsciencia que las caricias en mi cabeza o en la melena de león que orgullosamente la ha cubierto desde tiempos inmemoriales. Bastan tres sobaítas generosas en esa “zona peligrosa” para caer en un estado de trance que el mejor de los psicoterapeutas envidiaría. Tal es el efecto del lavado de cabello en la peluquería. Después de que aquellas manos acarician, estrujan, masajean y rascan aquel cuero cabelludo ni la posterior tortura en el secado puede neutralizar mi estado hipnótico. Soy un trapo en manos del que me atiende.
Mas siempre hay un alma caritativa y de excelente memoria. Tres semanas atrás mi ex- peluquero, enclenque y achinado, me rescató del abismo cruel del anonimato. A él, mis respetos. Aunque no vuelva jamás. Mi amiga se rió a morir, pero juro que la frase tuvo su encanto celestial:
- Ah, sí. La conozco. Es la aburrida que no chismea, sólo ronca.
♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥














