Sí, he estado perdida. Y me ha hecho tanta falta el blog. Y los de ustedes. Y los otros. Me ha hecho falta perderme por un rato de algunas tristes realidades. Porque uno es humano y a veces, no dá más....
El juicio comenzó. Y continúa. En Octubre. Ilusos nosotros de pensar que todo acabaría ayer. Cuatro meses más de angustia. Nada se define aún. Y en el interín, van saliendo los vapores de una gran cloaca. Las heces. La fetidez. La obra de una mujer desquiciada. Toda su ardua labor para lavarle el cerebro a la niña -que no dió frutos-. Todas las amenazas. Y sobretodo, todas las calumnias. Qué mente podrida puede aseverarle a otros que abusamos sexualmente de nuestra pequeña? Sólo la de ella. La maldita serpiente que nuestras inocentes criaturas por desgracia tienen por madre biológica. Porque el vilipendio es el arma que los carentes de espíritu y de moral siempre esgrimen. Pero la víbora no contaba con el testimonio de nuestra más ferviente defensora. Nuestra hija. Que a pesar de nuestro deseo de no involucrarla se atrevió a desafiarla. Y desde sus invencibles once años y sus pecas como banderas fué capaz de decir valientemente y sin el menor titubeo la verdad. Ante leguleyos y terapistas. Ante testigos. Ante la arpía. Y sé que le dolió: es noble y bella mi hija. Pero ella se reconfortaba en nuestras miradas de amor y adquiría más fuerza. Y la ví tan gigante como realmente es. A nosotros sus padres no nos quedará vida suficiente para amarla y retribuirle todo lo que nos ha dado. Y más que nada, ayudarla a superar tan amargo trance y lograr que siga siendo una niña feliz. Un ser humano maravilloso.
Admiro a mi esposo -tan gallardo, tan caballero.- No pelea. No acusa. Todo lo deja en manos de nuestro abogado. Aún en los momentos más difíciles tiene un gesto de piedad por esa loca. Y no por ella. Por sus hijas. Porque no vale la pena inculcarles el odio. Y nosotros –y sobretodo las niñas- lo amamos más por ello. Por su infinito corazón. Sé que algún día la perdonará. Y las nenas también. A mí me costará un siglo, lo admito. Tal vez porque nada me une a ella.
Admiro a mi madre, que llegó en medio de una batalla campal en la puerta de mi casa. Con policías y todo. Ella ha sido un apoyo incondicional. Triste, claro está, porque ninguna madre quiere que un hijo viva momentos tan amargos. Pero ella se sobrepone y nos dá fuerzas. Y aunque no se entienden y se hablan por señas, ha sido una excelente compañera de juegos para las nenas. Y ellas la adoran como una abuela de sangre. Como si toda la vida estuvo allí, entre rosquitas de anís y cuentos de dragones y doncellas.
Admiro aún más a mi niña mayor, acompañándonos en esta lucha y siendo el pilar fundamental de su hermana. Jamás la ví tan solícita con ella. Tan cariñosa. Hasta sus peluches favoritos le ha prestado. Ella, tan celosa de sus cosas. Y me pregunto si sentirá alivio por haber sido ignorada por esa demente. O tristeza de que la madre nunca ha batallado así por ella. La respuesta me la dará el tiempo, cuando mi mente esté más clara. Mientras tanto, la abrazo con una muda pero aplastante gratitud.
Yo? Me abro entonces como la margarita y envuelvo a toda mi familia entre mis pétalos. Lloro, claro que sí. Soy humana. Y vulnerable. Pero tras la angustia viene la alegría de sabernos como el roble. Resistiendo con increíble temple todas las tempestades del mundo.




