
Recordando un post de mi amiga
Adriana, me viene a la cabeza todo este asunto de los hijos. Qué complejo es! Yo nunca sentí la necesidad de hijos cuando pude tenerlos. Todo en aras de mi “carrera profesional”. Cuando me llegaron las ganas fué tarde: no fué posible. Me sentí culpable por no haberlo deseado antes! Pero ya no. En compensación a ese vacío la vida me regaló dos niñas bellísimas, aunque a veces.....
En momentos difíciles, cuando los intentos de mi hija para sacarme de quicio casi logran su objetivo, hago gala de una paciencia y una capacidad de tolerancia dignas de un premio; los recuerdos de aquella rebelde sin causa que fuí y que le sacó canas verdes a sus padres aún están frescos. Atesoro aquellas vivencias que me han pulido en el arte de entenderme con ella, como nunca pudo mi madre entenderse conmigo. Sin embargo, cualquier comparación sería absurda: la diferencia entre esta madre que soy y aquella que lidió conmigo es abismal. También hay un mundo entre mi niña y aquella otra que fuí: no se pueden concebir caracteres tan diferentes. Yo sabía que lo mejor para crecer y aprender era ir adelante, darse coñazos, recuperarse e insistir. Mi niña piensa que viviendo en su burbuja de vidrio antibalas se salvará de la maldad humana y de las vicisitudes de este mundo terrenal. Y lidiar con eso es mil veces peor que lidiar con una chica rebelde y segura de sí misma, aunque no compartas y no entiendas sus puntos de vista. Ella hubiera sido la hija perfecta para una madre como la mía. Aquella que fuí hubiera sido la niña ideal para una madre como yo. Mi niña siempre seguirá siendo lo máximo para mí.
Mi madre fué una mujer tan tradicional y conservadora que no supo lidiar con una niña precoz , ávida de conocerlo todo. Mientras las otras jugaban con muñecas, yo a mis doce me leía a Henry Miller y sus Trópicos. A escondidas, claro, aunque mamá no supiera mucho de literatura norteamericana y hubiese podido confundir los libros de Miller con perorata astrológica. A los quince ya sabía un montón de cosas de la que no conversaban ni remotamente los amigos de dieciocho: mamá no podía entender por qué en vez de hablar de las series de TV me empecinaba en discutir aspectos de la guerra de Vietnam y la matanza de My Lai, e indudablemente se hubiera muerto de un infarto si hubiese sabido que ya había probado la marihuana. Es todo como aquellas letras que escribí hace años en una carta dirigida a mamá y por la cual recibí una dura reprimenda: “Podemos tocar la mierda, olerla, identificarla, saber cómo és. Mas eso no significa que nos revolquemos en ella; al contrario, nos es útil para que nadie nos hunda allí, haciéndonos creer que es la playa de la felicidad”. Nada literario, sólo la visión de una adolescente de quince.
Quisiera que mi niña tuviese ese ímpetu para la vida, esa sed de aprender, de conocer, de explorar. El hecho de que a los dieciséis no quiera salir de su burbuja me preocupa. Sé que su ostracismo es producto de los abusos que sufrió de niña , pero también sé que si no se enfrenta al mundo desde ahora, no tendrá las herramientas necesarias para lidiar con esa fauna después, cuando sea parte de ella, cuando le toque seguir el camino sola. Quisiera que no me preguntase todo, hasta mi opinión acerca de los
jeans que debe comprarse. Yo trato de animarla a ser más audaz, a que tome sus propias decisiones, a que sea más
ella. Es difícil, pero ahí vamos: el que persevera vence. Llegué a su vida un poco tarde, así que hay mucho camino aún que recorrer.
Algunos equivocados me dicen que tengo una suerte extraordinaria, por tener una hija que todo me lo consulta, que no mueve un pie sin preguntar si puede hacerlo. Son aquellos que ven a los hijos como marionetas manejadas a su antojo. Padres castradores. Yo ansío una niña con la valentía suficiente para tomar su propio camino, darse sus buenos trancazos y aprender de ellos. Aquí estoy para ser su amiga, no su muleta. Por allí dijo la amiga
Carito que cuando pedimos, se nos concede. Yo pido una evolución en su siquis maltratada, porque ya mi amor y mi apoyo los tiene.
No es fácil, pero vale la pena: una sonrisa de alegría en su rostro sonrojado y un destello de felicidad en aquellos ojos azul de mar compensan con creces todas las lágrimas, los esfuerzos, las preguntas, los sacrificios. Quiero tanto verte crecer, niña mía......
Como bien dijo
Scarlett: “Mañana será otro día”.
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