Mi Vecino de la Torre B

(Dedicado a José Ignacio Cabrujas, a diez años de su penosa muerte -21/10/95-)
Vibraba mi ventana con la música del vecino. Otra vez aquella ópera. La misma de todos los sábados. Generalmente él llegaba los viernes y se iba los domingos. A veces se quedaba más tiempo. Como cuando llegaba con la esposa y el niño. Pero casi siempre iba solo. Un asistente se encargaba de llevarlo y traerlo. De cuidarle el apartamento en su ausencia. De tenerle la despensa llena para cuando él llegara. Y él llegaba de la capital y se encerraba allí. Por dos, tres días. Al principio corría las cortinas, yo siempre estaba atisbando con disimulo. Culpa de nuestros balcones enfrentados, en realidad. Pero después ya no me hizo caso. Se había acostumbrado a mi presencia en el balconcito azul. Yo regando mis matas o fumando un cigarrillo. Haciéndome la que veía el paisaje. Entonces él se asomaba a su vez en su balconcito gris por breves minutos. A oler por un rato el mar. A veces nuestras miradas se cruzaban. El , muy circunspecto, saludaba con un movimiento de cabeza y se volvía adentro. A entregarse a su computadora. Entonces se olvidaba del mundo exterior y de la curiosa muchacha de enfrente que se moría por metérsele en el apartamento a escucharle los cuentos. A veces salía un rato a darse una vueltica por ahí. No hablaba con nadie, no socializaba con el resto de los vecinos. Daba una caminata y regresaba a su computadora. Otras veces se sentaba en el balconcito gris disfrutando un cigarrillo. O con el traguito en la mano. Saboreando el whisky – o tal vez un té – se entregaba al aria de la misma ópera. No me pregunten nombre. Nostalgia nada sabe de óperas. O sí, sólo de tres. Pero aquella era una perfecta desconocida. Y con esa ópera desconocida le daban a él las horas nocturnas. Yo a mi vez le daba gracias a Dios de que era sábado y había que coger calle. Me iba a gozar de la noche de Porlamar huyendo de aquella voz de soprano que se colaba en mi cuarto con su lamento interminable y de una belleza inenarrable quizás, si no fuera por las agotadoras repeticiones que me enfermaban de puro tedio. Otras veces me quedaba en casa con amigos y poníamos nuestro escandaloso rock como para hacerle competencia. Entonces él se asomaba enfurruñado y cerraba las puertas del balcón, corriendo las cortinas. Yo le ofrecía una sonrisita de disculpa al otro día, mientras regaba mis maticas y él salía a fumarse su cigarrillo. El me miraba furioso primero y luego sonreía a su vez, tan brevemente que hubiera dado lo que fuese por atraparle aquella fugacísima sonrisa en una fotografía. A partir de allí le bajó el volumen a su ópera y yo a mis canciones de Juan Luis. Entonces ya nos saludábamos con más confianza. A través siempre de los balcones. Yo esperando que me convirtiera en una de sus heroínas. El esperando que no le preguntara tantas pendejadas. La verdad, sólo me daba chance de hacerle una pregunta tonta. “Maestro, que te pareció el palo de agua de anoche?” o “Qué mata es ésa que tienes ahí en el balcón?”. Sé que le chocaba que lo llamara maestro pero se me salía a cada rato. Sin querer . Tal vez porque era muy safrisca, vivía sola y hablaba así-tú-sabes. El me contestaba cortés pero muy breve y se despedía presurosamente. Para ir a enterrarse en su máquina. Un día de ésos, antes de aquel sábado, me lo tropecé en el estacionamiento. Esperaba al asistente, sin duda. Le dije “hola” y apenas me devolvió el saludo. Estaba de mal humor. Me envalentoné y le dije “algún día te contaré mi vida, es mejor que todas tus novelas”. El me replicó al instante, con esa voz roncota de locutor de otoño: “todos dicen lo mismo”. Esta vez me sonrió ampliamente y yo me sentí importante, parte de su mundo por un instante. Un momento minúsculo de complicidad que fué roto por la llegada del solemne asistente. “Hasta luego”, me dijo, mientras yo me reía bajito de mi comentario estúpido. Otro día estaba con su niño e Isabel, su esposa. Los saludé y exclamé “Qué precioso niño!”. La sonrisota de orgullo de ambos fué también algo digno de fotografía. Fué la última que me dedicó. La que recordaré siempre.
Aquel sábado me desperté tarde. Culpa del viernes en la noche. Me asomé al balcón y lo ví. Estaba en la piscina. “Qué raro”, me dije, “nunca se baña en la piscina”. Pero es que la piscina se prestaba a ello. Provocaba, la verdad. En aquel edificio vivíamos cuatro gatos. El resto era ocupado sólo en temporadas vacacionales. Entonces los espacios recreacionales estaban tentadoramente a la disposición de nosotros los gatos, la mayor parte del tiempo. No era de extrañar que él, viendo aquella piscina solitaria , silenciosa y plácida, se sintiera tentado. Y allí estaba, sentado en el borde. Haciendo círculos en el agua con sus pies mientras se tomaba un traguito. O un té, tal vez. Pero era color dorado, sin duda. Y estaba pensativo, muy pensativo. Apenas volteó, cuando sintió el agua de mis matas chocar contra el piso de baldosas de tres pisos más abajo. Lo saludé con la mano y él me devolvió el gesto, muy serio. Enseguida se negó al calor sofocante del mediodía y se zambulló en el agua. Lo ví dar unas cuantas brazadas y me fuí a preparar café. Al rato volví al balcón y lo ví flotando. Con los ojos cerrados. “Carajo”, pensé, “está disfrutándola al máximo”. Me fuí a dar una ducha; el calor era insoportable. Pero a pesar de ello no encendía jamás el aire acondicionado: me encantaban mis ventanas abiertas. Al salir del baño una conmoción afuera en el edificio me hizo vestirme a toda prisa y bajar a ver qué pasaba. Era él. Flotaba inconsciente. El vigilante se había dado cuenta que hacía rato no se movía. Lo sacaron del agua dos vecinos a duras penas, mientras alguien llamaba a una ambulancia. Inmóvil presencié la escena. Como en cámara lenta veía a los pocos allí reunidos haciendo esfuerzos por revivirlo antes de llevárselo a la clínica más cercana. Pero la muerte fué más rápida: un infarto fulminate acabó con la vida de mi vecino esa tarde de sábado. Jose Ignacio Cabrujas se despidió para siempre bajo nuestra atónita mirada un veintiuno de octubre de mil novecientos noventa y cinco.
El vecino del balconcito gris. De la torre B. De la ópera. Del gesto enfurruñado. De la musa entregada al teclado de una computadora. De Isabel Palacios. De su hijo bello. Del traguito -o tal vez té- en la mano. De “Natalia de 8 a 9”. De las respuestas lacónicas a mis preguntas tontas. José Ignacio. Qué manera tan sublime de morir! Se lo merecía así, en silencio. En franca paz. Disfrutando de una soledad cómplice, de la brisa marina, del sol benevolente. De la suave cama de agua en cuya calidez flotaba plácidamente. Del cielo azulísimo, del olor de la bella-a-las-once del jardín.A diez años de su dolorosa muerte aún recuerdo con claridad aquella sonrisa luminosa con su hijo de la mano, aquel bigote insolente, aquel caminar pausado. Pero sobretodo, aquella voz ronca de locutor farfullando las palabras que habrían de resonar en mi mente por mucho tiempo: “todos dicen lo mismo”.
Descansa en paz, maestro.
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